«Hablemos por teléfono». «Quedemos». Las propuestas venían de mi match.
Pero «¿a qué hora?» y «¿dónde?» acababan siendo cosa mía. Pisaba el acelerador y me pasaba el volante.
Los mensajes ya me hacían dudar de nuestra compatibilidad. Luego una llamada aceleró todo y acordamos vernos ese mismo día. Bajaban mis expectativas románticas, pero la agenda iba disparada. Las relaciones humanas son curiosas.
Proponer no resuelve todos los detalles
La otra persona parecía buscar su rumbo laboral y personal. Eso no bastaba para decir que no encajábamos. Cualquiera puede pasar una etapa de dudas.
Me preocupaba más acabar siempre convirtiendo sus ganas en planes concretos.
Por ejemplo, «vamos a cenar» deja más por decidir que «¿qué tal el sábado por la tarde en esta zona?». «Encontré dos sitios que aceptan reservas, ¿cuál prefieres?» ayudaría todavía más.
No hace falta llegar ahí cada vez. Una vez no importa. Pero elegir restaurante, hora, reservar y reorganizar todo podría cansarme si siempre me tocara.
Como una reunión donde alguien trae ideas y otra persona toma notas y hace todos los preparativos. ¿Salir juntos significaría seguir en esa reunión?
Aun así quería ir, por el lugar
La perspectiva romántica era floja. Pero había otro motivo: era una localidad algo lejana que no conocía.
Ya paseo y visito sitios por mi cuenta. No necesito una invitación para salir. Lo que pasa es que los lugares más lejanos acaban en «interesante, otro día». Una cita convierte «algún día» en «hoy». Sin ese plan, probablemente no habría elegido ese destino.
No sabía qué pasaría con la relación. Tener una razón para explorar un lugar nuevo sí me hacía ilusión.
Quedar no obliga a enamorarse
En persona vería si seguía dejándome toda la organización, respetaba mi tiempo o resultaba agradable conversar. No necesitaba forzarme a sentir algo ni pasar el día buscando defectos.
Tampoco era un cupón turístico. Alegrarme de tener una excusa para viajar no justificaba fingir interés ni insinuar un futuro que no quería. Su tiempo también importaba. Si no encajábamos, no debía prolongar la ambigüedad.
Aunque no hubiera romance, el sitio, la comida, el paseo y la conversación no tenían por qué perder todo su valor. La cita y la excursión pueden aprobar exámenes distintos.
La ruta romántica seguía en duda. El acceso a una zona nueva del mapa ya estaba desbloqueado.







