Muchas empresas usan tests de aptitud para elegir personal. Miden cosas como comprensión de textos, cálculo, razonamiento y personalidad.
Son prácticos: con ellos se compara a mucha gente en poco tiempo. Y la investigación no niega que leer bien y manejar números básicos ayude a aprender un puesto más rápido y a rendir razonablemente.
Pero hay un salto que no se debe dar.
Sacar una nota alta en un test no es lo mismo que trabajar bien en un empleo real.
En el trabajo nadie te da el enunciado ni cuatro opciones. A veces falta información. A veces dos personas te cuentan versiones distintas. A veces hay varias respuestas posibles y, si nadie decide, todo se queda parado.
Además, la IA generativa ya entiende textos y hace cuentas sencillas en segundos. Un examen que solo mide cuánto resuelve una persona sola y con el reloj en contra queda aún más lejos del trabajo real.
Lo que importa no es solo saber cosas o ser rápido. También importa esto:
- ¿Sabe decir cuál es el problema de verdad?
- ¿Se atreve a plantear una hipótesis cuando falta información?
- ¿Sabe decidir qué va primero?
- ¿Se pone de acuerdo con las personas implicadas?
- ¿Deja claro quién responde de qué?
- ¿Termina lo que empieza?
- ¿Aprende lo que solo se sabe en ese puesto?
- ¿Revisa lo que le dan la IA y otras herramientas?
- ¿Respeta el derecho de los demás a decidir por sí mismos?
El resultado de un trabajo sale de juntar todas estas cosas.
Y hay algo más: una persona muy capaz no siempre es un buen jefe.
Parte 1. Qué mide un test de aptitud y qué se le escapa
1. La capacidad cognitiva general sí sirve para algo
La capacidad cognitiva general (en inglés, GMA) reúne habilidades básicas: entender lo que lees, razonar, calcular y aprender rápido.
Muchos estudios han encontrado que esta capacidad tiene cierta relación con el rendimiento en el trabajo y con los resultados en la formación. En los trabajos complejos, donde hay que entender información nueva y combinar conocimientos, estas capacidades básicas ayudan especialmente.
Por eso, la conclusión de que «los tests de aptitud no sirven para nada» tampoco es correcta.
Si a alguien le cuesta muchísimo leer, no maneja relaciones numéricas básicas o no entiende el sentido de una instrucción en poco tiempo, según el puesto puede tener dificultades reales. Como forma de comprobar un mínimo de capacidad básica, tienen cierta razón de ser.
2. Pero sacar buena nota no es lo mismo que trabajar bien
El problema es tratar la puntuación del test como si fuera la capacidad de trabajo en sí.
Saber qué problema hay que resolver
Es la capacidad de definir qué es exactamente lo que está mal.
En un examen te dan el enunciado. En el trabajo, en cambio, tienes que averiguar tú quién tiene el problema, qué situación hay que mejorar, si estás confundiendo la causa con el síntoma y si de verdad merece la pena ocuparse de ello.
Saber qué va primero
No se puede hacer todo a la vez.
Hay que comparar plazos, alcance del impacto, riesgos legales, efecto sobre los clientes, esfuerzo necesario, probabilidad de que se repita, y decidir qué se hace primero.
Un test de aptitud puede medir si sabes resolver el problema que te presentan, pero le cuesta medir si ese problema hay que resolverlo ahora.
Decidir sin tener toda la información
En el trabajo real, esperar a tener toda la información suele significar llegar tarde.
Por eso hay que ordenar los hechos de que se dispone, separar lo que no se sabe, formular una hipótesis, actuar dentro de un margen en el que se pueda rectificar y corregir cuando llegue información nueva.
No se trata de adivinar la respuesta correcta, sino de saber tomar una decisión provisional y ajustarla.
Ponerse de acuerdo con los demás
Aunque conozcas la respuesta correcta, si las demás personas no se mueven, el trabajo no avanza.
Pero aquí también hay una distinción importante.
- La coordinación para hacer llegar un asunto al jefe o a otros departamentos
- La coordinación para que el equipo pueda moverse con facilidad, organizando información, autoridad y funciones
Hay jefes muy fuertes en lo primero y flojos en lo segundo.
Aguantar hasta terminar
Empezar y terminar son cosas distintas.
Mucha gente llega hasta proponer ideas, dar instrucciones o decidir en una reunión, pero no es capaz de seguir el avance, quitar obstáculos y comprobar el resultado al final.
Conocer cómo funciona de verdad el lugar de trabajo
La inteligencia general no basta para conocer las restricciones propias de cada lugar de trabajo.
Hay que investigar los equipos, los contratos, las leyes, las costumbres comerciales, los sistemas, el historial y la composición de la plantilla, e incorporarlo todo al criterio.
Comprobar lo que dice la IA
En la era de la IA importa menos «si puedes resolverlo todo tú» y más si las condiciones de entrada son correctas, si hay errores de lectura, si la conclusión es coherente con las premisas, si falta alguna excepción importante y si una persona puede asumir la decisión final.
Lo que hace falta no es usar IA sin más, sino saber qué hay que verificar para evitar un error fatal.
3. Las investigaciones recientes quitan peso al test de capacidad cognitiva
Durante muchos años se dijo que los tests de capacidad cognitiva general eran «el mejor predictor individual».
Pero en los últimos tiempos se ha señalado que las estimaciones de validez del pasado pudieron estar sobrevaloradas por las correcciones estadísticas. En 2024 se actualizó un metaanálisis (un estudio que reúne muchas investigaciones). Concluyó que, si se combinan datos del historial, entrevistas estructuradas, responsabilidad, pruebas de integridad y pruebas de juicio en situaciones reales, en muchas combinaciones la capacidad de predecir el desempeño casi no baja aunque se quite el test de capacidad cognitiva general.
Esto no quiere decir que la capacidad cognitiva no haga falta.
Dicho con más precisión: la capacidad cognitiva es un dato más para prever el rendimiento, pero no hace falta ponerla en el centro tanto como se creía.
Lo sensato es que el test sea solo un apoyo, y que el centro de la selección sean tareas parecidas al puesto, entrevistas estructuradas, ejemplos concretos de conducta pasada y la comprobación de cómo trabaja la persona.
4. La IA cambia lo que significa hacer un test
La IA generativa resuelve bastante bien tareas muy parecidas a las de los tests tradicionales: ordenar frases, resumir, calcular porcentajes, organizar condiciones.
Por eso, en un test que se hace en casa sin supervisión, el resultado mezcla la capacidad de la persona, si usó IA o no, la calidad de las imágenes o los textos que introdujo, cómo le dio las instrucciones, su capacidad para verificar las respuestas y hasta la velocidad de la conexión y del manejo.
Con esa mezcla, es difícil interpretar «puntuación = capacidad cognitiva de la persona».
En los procesos de selección de los próximos años, en vez de limitarse a prohibir la IA, se acercará más al trabajo real dar por hecho que se usa y fijarse en cómo definió el problema, qué le entregó a la IA, de qué dudó en el resultado, cómo lo verificó y cómo explica su decisión final.
Parte 2. Ser muy bueno en tu puesto no te hace buen jefe
1. El jefe que razona rápido y se mueve bien con los de arriba
En los lugares de trabajo hay gente que, con información incompleta, formula hipótesis enseguida, investiga sobre el terreno y consigue que sus superiores y otros departamentos acepten sus propuestas.
Visto desde fuera, esta persona parece muy competente.
- Reúne información rápido
- Tiene mucho conocimiento del terreno
- Decide en el momento
- Explica bien a sus superiores
- Negocia con fuerza con otros departamentos
- Si se mueve él o ella, el asunto avanza
Como profesional que ejecuta, es fuerte, sin duda.
El problema es que esa capacidad no se convierte automáticamente en capacidad de dirigir.
2. Dirigir no es resolverlo todo uno mismo
Quien ejecuta obtiene resultados si resuelve el problema por sí mismo.
Quien dirige, además, tiene que aclarar el objetivo, mostrar los criterios de decisión, fijar prioridades, asignar responsables y autoridad, apoyar por el camino, confirmar que se termina y lograr que la próxima vez la persona pueda repetirlo sola.
El resultado de un jefe no debería medirse por cuánto trabajo procesa él o ella, sino por si ha conseguido que el equipo pueda decidir y avanzar aunque no esté presente.
El jefe que investiga, decide y arregla todo por su cuenta parece muy rápido a primera vista. Pero a su equipo no le quedan criterios de decisión y el mismo problema vuelve a su mesa una y otra vez.
Así, el jefe siempre está ocupado y el equipo no gana autonomía. El trabajo depende de una sola persona y se para cuando falta. Llegan más órdenes a última hora y los criterios de evaluación solo existen en la cabeza del jefe.
3. Hablar con los de arriba y hablar con tu equipo son dos habilidades distintas
La capacidad de coordinación también tiene dirección.
Con los jefes y con otros departamentos
- Convencer al jefe
- Conseguir la colaboración de otros departamentos
- Sacar adelante tu postura en las reuniones
- Leer la política interna de la empresa
- Defender tus propios asuntos
Con tu propio equipo
- Darle al equipo la información que necesita
- Dejar claro quién decide
- Señalar las prioridades
- Crear el derecho a decir que no y canales para consultar
- Hacer coincidir responsabilidad y autoridad
- Dejar margen para que el equipo piense por sí mismo
Hay quien es muy fuerte coordinando hacia arriba y hacia los lados, y flojo hacia abajo.
Esa persona les parece «un jefe en quien confiar» a los de arriba, pero a su equipo le parece alguien con quien «no sé cuál es el criterio», «no sé cuándo va a cambiar de idea» y «hagas lo que hagas te añaden más».
4. Cuando «enseñar» solo sirve al jefe
También en la formación hay dos modalidades que se parecen pero son distintas.
La formación que busca la autonomía del otro mira en qué punto está, pone en palabras los criterios de decisión, delega dentro de un margen donde se puede fallar, aprovecha los puntos fuertes de la persona y apunta a que al final el jefe ya no tenga que intervenir.
En cambio, la formación que busca la comodidad del jefe hace que el otro aprenda su forma de hacer las cosas, que no haga falta explicarle nada, que se adelante a sus expectativas, que se interprete como falta de comprensión cuando no lo sigue, y que al final sea el jefe quien lo recoja todo.
La segunda también parece, por fuera, una formación entusiasta.
Pero si a la persona no le queda poder de decisión, eso no es apoyo a su autonomía, sino un entrenamiento para que interiorice la forma de pensar del jefe.
Parte 3. Cuándo la buena intención se vuelve control
1. Querer ayudar no es lo mismo que respetar límites
Interesarse por las personas no es malo. Dar consejos y compartir experiencia también hace falta.
La cuestión es dónde parar.
Un consejo sano toma esta forma: «Yo lo veo así. Úsalo si te sirve. Al final, quien decide eres tú».
Un consejo que se pasa de la raya toma esta otra: «Yo veo más lejos que esa persona. Si elige otra cosa, es porque aún no lo entiende».
Tener muy buena intención no es una garantía. Al contrario, con buena intención cuesta más dudar de la propia intromisión.
Preguntar hasta el último detalle se llama «preocuparse por él», dar por hecho su futuro se llama «pensar a largo plazo», no aceptar un no se llama «tomárselo en serio», y si el otro se resiste, «es que todavía no lo entiende».
Así va desapareciendo el derecho de esa persona a decidir por sí misma.
2. Pensar en el bien de alguien no es decidir por esa persona
Lo que un jefe o una persona de selección debe comprobar es lo que el puesto requiere.
- Si puede desempeñar el trabajo
- Si puede aceptar las condiciones laborales
- Si necesita alguna adaptación
- Cómo quiere trabajar
- Cómo puede aprovechar su experiencia
Lo que va más allá, el diseño de su vida, es terreno de la propia persona.
El Ministerio de Sanidad, Trabajo y Bienestar de Japón (el ministerio japonés que se ocupa del trabajo) también exige que, en una selección justa, no se recabe información de la vida privada que no tenga relación con la aptitud y la capacidad de la persona, y que las preguntas y los criterios de evaluación se fijen de antemano.
Lo importante no es si se tiene intención de usarlo como criterio de contratación. Una vez que sabes algo, se cuela sin querer en tu valoración de la persona. Por eso hace falta un diseño en el que no se recoja desde el principio información innecesaria para el puesto, en lugar de «preguntar y luego tratar con justicia».
3. Cuanto mejor razonas, más convincente es la historia equivocada
Cuando falta información, las personas rellenan los huecos con historias.
Quien razona muy bien puede unir mucha información y construir una explicación coherente. Pero que algo sea coherente no significa que sea verdad.
Una imagen del futuro que la persona nunca ha dicho, valores que no ha elegido, una vida que se da por supuesto que desea, un camino que otro ha decidido que es «lo mejor para ella». Si apilas todo esto, resulta un retrato muy preciso pero imposible de comprobar.
Quien razona muy bien no necesita razonar más. Necesita separar estas cosas:
- ¿Esto es un hecho?
- ¿Esto es una hipótesis?
- ¿Se lo he preguntado a la persona?
- ¿No es algo que le corresponde decidir a ella?
- ¿Podría corregirlo si me equivoco?
4. Dar tu opinión es una cosa; no soltar la conversación, otra
Quien aconseja con madurez, después de dar su opinión, sabe devolver la decisión a la otra persona.
«Yo pienso esto. Si tú lo ves así, respeto tu elección».
Con solo esa frase, la consulta se separa del control.
Quien cruza la línea no sabe cerrar la conversación cuando el otro llega a una conclusión distinta de la suya.
Sigue pensando que aún falta explicar, que el otro todavía no lo ha asimilado, que si se lo explica más lo entenderá, y continúa hasta que se reconozca que tiene razón.
Cuanto más lógicamente explica la persona que escucha, más se considera que «todavía se puede discutir», y hasta puede alargarse el tiempo que queda atrapada.
El problema no es que quien escucha explique poco. El problema es no poder reconocer que el otro tiene derecho a decidir distinto.
Parte 4. Quien exige lo ideal debe encargarse de hacerlo
1. Tener razón no significa que se pueda hacer
En una organización no es difícil decir cosas correctas.
Hay que revisarlo todo, hay que eliminar los errores, hay que mejorar la calidad, hay que explicar con cuidado, hay que reaccionar rápido, hay que compartirlo con todos. Todas son cosas correctas en principio.
Pero el personal, el tiempo, el presupuesto y la autoridad tienen límites.
En la realidad hay que decidir, tanto como «qué se hace», «qué no se hace», «qué se deja para después» y «quién asume la responsabilidad».
2. Uno pide lo ideal y otro lo hace realidad
En un reparto malsano, quien da las instrucciones plantea el ideal, añade condiciones, insiste en la calidad y señala lo que falta, mientras que quien ejecuta investiga las condiciones del terreno, coordina a las personas implicadas, lo materializa dentro del plazo, fija prioridades frente a otras tareas y da explicaciones si falla.
En esta estructura, quien da las instrucciones siempre puede tener razón.
Porque si quien ejecuta dice «no se puede», es falta de esfuerzo; y si lo hace a la fuerza y falla, es un error de ejecución.
3. Cómo devolver la responsabilidad con educación
Lo que hace falta no es rebatir, sino dejar claras las condiciones.
Entiendo la directriz. Con el personal y el plazo actuales no es posible compaginarla con el trabajo existente. Si la ejecución es obligatoria, indique por favor qué trabajo se aplaza, quién se encarga, cuál es el plazo y quién tiene que aprobarlo.
Y si el empeño personal es muy fuerte, se responde así:
Si ese nivel y ese método son obligatorios, le ruego que se encargue quien tenga la capacidad de decisión y la responsabilidad de ejecutarlo.
Esto no es negarse a trabajar. Solo se le devuelve a quien puso la exigencia el paquete completo: la decisión y la responsabilidad.
4. «No todo se arregla con tener razón» vale para los jefes también
Es verdad que «una organización no se mueve solo con razones correctas».
Pero esa frase no se aplica únicamente al equipo. Lo que dice el jefe, aunque tenga razón, también está sujeto a las limitaciones de la realidad.
Si te empeñas en tu propuesta, también tienes que asumir el coste de coordinar y la responsabilidad de ejecutar.
Parte 5. Por qué un curso de formación no cambia a la gente
1. Saber algo y hacerlo son cosas distintas
Hay personas que no cambian su conducta aunque hayan visto formación sobre derechos humanos, acoso, selección justa o seguridad psicológica.
Una razón es que la persona no se clasifica a sí misma del lado de las conductas problemáticas.
Para ella, el acoso es gritar y ella está orientando; el acoso es un ataque con mala intención y ella actúa por el bien del otro. Así lo tiene ordenado en la cabeza.
Por eso, aunque entienda el contenido del curso, no se lo aplica a su propia conducta.
2. Lo que se premia cada día pesa más que un curso
Si en la organización quien cruza la línea con sus intromisiones es considerado trabajador, se dice que se preocupa por la gente, tiene la confianza de los superiores, nadie lo frena y no se le piden cuentas por los resultados, esa persona no tiene necesidad de cambiar.
Los éxitos de cada día pesan más que una hora de vídeo formativo.
Un informe de la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo de Estados Unidos (EEOC, el organismo federal que trata la discriminación laboral) también señala que no basta con la formación: hace falta un sistema completo que incluya la conducta de la alta dirección, políticas claras, un sistema de denuncias, investigaciones, medidas correctivas, y evaluación y exigencia de responsabilidades a los mandos.
La formación transmite conocimiento. Lo que cambia las conductas es el sistema de evaluación, autoridad, responsabilidad y corrección.
3. Pocas personas con mucho poder marcan la cultura de la empresa
Aunque quienes cruzan la línea sean minoría en toda la organización, si su cargo o su influencia son grandes, el daño no queda limitado.
Porque pueden intervenir en la selección, la evaluación, la asignación de puestos, la orientación, las reuniones, las prioridades y el reparto de información.
El problema no es cuántas personas son, sino cuánto pueden controlar el tiempo y las decisiones de los demás dentro de la organización.
Parte 6. Caminar y pensar en voz alta: ordena la cabeza y cuida la salud
1. Caminar sirve para más que desconectar
Cuando los pensamientos no paran, darles vueltas sentado en casa hace que se repitan los mismos puntos.
En cambio, si piensas en voz alta mientras caminas, convierte en palabras lo que tienes en la cabeza, al ponerlo en frases adquiere orden, la IA o la otra persona te devuelve otro punto de vista, cambian el paisaje y las sensaciones del cuerpo, baja el calor de las emociones, separas hechos e interpretaciones y puedes decidir el siguiente paso para cerrar el tema.
Esto no es un simple paseo. Es un hábito de pensamiento que une ejercicio, poner las ideas fuera, diálogo, regulación emocional y toma de decisiones.
(Aquí, «hablar contra la pared» es como practicar tenis lanzando la pelota a un muro y recibiéndola de vuelta: sacar los pensamientos en palabras y ordenarlos con la respuesta de la IA o de otra persona.)
2. Caminar ayuda a que salgan ideas nuevas
Una revisión sistemática y metaanálisis publicado en 2026 sobre caminar y pensamiento creativo analizó 23 estudios con un total de 1.036 personas y mostró que caminar tiene un gran efecto de mejora en el pensamiento divergente (el que abre muchas ideas). En cambio, el efecto sobre el pensamiento convergente, el que se reduce a una única respuesta correcta, no estaba claro.
Esto encaja con lo que se siente.
Al pensar caminando resulta más fácil encontrar otras explicaciones, descubrir estructuras comunes, recordar ejemplos, cambiar de punto de vista y recomponer las palabras.
Eso sí, cuando se trata de confirmar la aprobación final, un contrato, una cifra o un plazo, es mejor sentarse a comprobarlo después de caminar.
Qué hacer mientras caminas
- Desahogar las emociones
- Descomponer los puntos del problema
- Multiplicar las hipótesis
- Buscar estructuras comunes
- Esbozar el esqueleto de un texto
Qué dejar para después de caminar
- Comprobar cifras
- Comprobar pruebas
- La decisión final
- Enviar correos
- Cerrar contratos o fechas
3. Hablar solo en voz alta convierte el darle vueltas a todo en algo útil
Rumiar, darle vueltas a lo mismo, no significa avanzar hacia una conclusión por mucho que pienses.
Al hablar contra la pared sacas la idea, recibes una respuesta y comprimes las palabras.
Los episodios sueltos que quedaban como fragmentos —«es pesado», «habla demasiado», «cambia las instrucciones», «dice que es por mi bien», «si digo que no, me dicen que no lo entiendo»— se pueden reunir en una sola explicación: una estructura que invade el poder de decisión y la responsabilidad de ejecución de otra persona.
Cuando la explicación se comprime, la respuesta también cambia: de «convencer al otro» a «separar hechos, hipótesis, responsabilidad, autoridad y elección de la persona».
4. Además, es bueno para el cuerpo
Caminar con regularidad aporta beneficios al corazón y la circulación, a la glucosa en sangre, al sueño, al ánimo y al mantenimiento de la forma física.
Aunque el peso no baje enseguida, si sustituyes por caminatas el tiempo que pasabas sentado dándole vueltas, tu nivel de actividad aumenta.
En particular, el hábito de caminar con el fin de ordenar los pensamientos es fácil de mantener sin reservar un hueco aparte para hacer ejercicio.
5. Cinco preguntas para cerrar la caminata
Al pensar caminando, es más fácil cerrar el tema si al final lo ordenas en estos cinco puntos.
Hechos
Qué he podido comprobar realmente.
Interpretación
Qué significado le he dado yo.
Hipótesis
Qué suposiciones aún no he podido confirmar.
Lo que puedo controlar
Qué puedo cambiar yo.
Siguiente paso
Qué voy a hacer, una sola cosa, hoy o la próxima vez.
Al final, decide solo una cosa. Lo importante es no quedarse en acumular ideas, sino conectarlas con la acción.
Parte 7. Cómo saber quién trabaja bien de verdad
1. No decidas con un solo examen
En la selección y la evaluación conviene no depender de un único indicador.
Una estructura más cercana al trabajo real sería esta:
- Comprobar con un test de capacidad básica el mínimo de comprensión lectora, comprensión numérica y base de aprendizaje
- Hacer en una entrevista estructurada las mismas preguntas centrales a todos y fijar de antemano los criterios de evaluación
- Preguntar con detalle por ejemplos de conducta pasada
- Trabajar con muestras de trabajo parecidas al puesto real
- Observar la entrada de datos, la verificación, la corrección y la explicación en condiciones donde se permite usar IA
- Ver cómo ordena la responsabilidad, la autoridad, las prioridades y la forma de consultar
2. Qué mirar en alguien que va a ser jefe
A un jefe no se le debe evaluar solo por su capacidad de procesar trabajo, sino también por lo siguiente.
- Si creó las condiciones para que su equipo pueda decidir
- Si mostró al principio el objetivo y los criterios
- Si hizo coincidir responsabilidad y autoridad
- Si no acapara más de lo necesario el tiempo de su equipo
- Si no despacha la discrepancia como falta de comprensión
- Si después de aconsejar devolvió la elección a la persona
- Si explicó los cambios de condiciones a mitad de camino
- Si asumió la responsabilidad de ejecutar sus propios empeños
- Si el trabajo sigue funcionando cuando él o ella no está
- Si tras formar a alguien aumentó la autonomía de esa persona
Esto casi no se puede medir con un test breve de capacidad cognitiva.
3. No busques a alguien perfecto: busca a alguien que se complete con el equipo
Casi nadie tiene todas las capacidades a un nivel alto.
El problema no es tener puntos débiles.
- Si conoce sus propios puntos débiles
- Si sabe aprovechar los puntos fuertes de los demás
- Si puede compensarlos con un sistema
- Si es capaz de corregir sus errores
- Si no le está cargando a su equipo el coste de sus debilidades
Esto es lo que importa.
Conclusión
Un test de aptitud tiene cierto sentido como herramienta para comprobar la capacidad básica.
Pero saber trabajar bien no se decide solo con eso.
En el trabajo real hay que definir el problema, plantear hipótesis con información incompleta, fijar prioridades, mover a las personas implicadas, repartir responsabilidad y autoridad, llevarlo todo hasta el final, aprender el terreno, verificar la IA y proteger el derecho de los demás a decidir por sí mismos.
Además, ser competente ejecutando no significa serlo dirigiendo.
Si una persona con gran capacidad de razonamiento y coordinación no sabe separar hipótesis y hechos, consejo y decisión, su terreno y el ajeno, esa capacidad pasa de ser un apoyo a ser control.
El centro de la respuesta no es dejar al otro sin argumentos.
- Separar hechos e hipótesis
- Separar consejo y decisión
- Atar el empeño a la responsabilidad de ejecutarlo
- Devolverle a la persona el terreno que le corresponde decidir
Eso es todo.
Y cuando los pensamientos se atasquen, ponlos en palabras mientras caminas.
Mover el cuerpo, sacar el pensamiento fuera y comprimirlo en una estructura es un hábito que puede dejar saldo positivo, a la vez, en el orden del trabajo y en la salud.


