Antes charlabas con esa persona sin pensártelo dos veces. Un día te das cuenta de que te gusta y, de pronto, saludar se siente como un examen oral. Se acerca; tú desapareces.
Dentro de tu cabeza: «Que no se note lo que siento». En la suya quizá: «¿Le caigo mal?». Una comedia romántica con los subtítulos cambiados.
Los motivos no se ven desde fuera
Puedes alejarte por miedo al rechazo, a las bromas de los amigos o a que todo se vuelva incómodo. Pero la otra persona no conoce esa explicación. Solo ve que te has apartado. Si también toma distancia, se acaba la conversación antes de empezar.
A veces lo llamamos «amor mutuo no confesado». Es una historia tentadora, pero no basta con sospecharlo: hasta que ambos lo expresen, nadie puede asegurar que el sentimiento sea recíproco.
Coincidir a la misma hora no es una declaración
Si de repente os cruzáis cada mañana, puedes imaginar que ha cambiado su ruta para verte. Tal vez. O quizá cambiaron sus clases, el autobús o la rutina. Una pista no sirve para leer pensamientos.
En estudios sobre conversaciones corrientes, las personas tendían a subestimar cuánto les habían agradado a sus interlocutores.[1] Es un resultado interesante sobre simpatía social, no una prueba de enamoramiento.
Recuperar una conversación es mejor que resolver un misterio
Puedes empezar con un saludo, seguir con una charla corta si la otra persona responde con ganas y, cuando sea natural, proponer algo sencillo. Si no hay interés, se respeta.
El problema no es sentir demasiado; es que tú piensas «quiero acercarme» mientras tus gestos dicen «aléjate». A veces la salida más sensata cabe en un «hola».
[1] Boothby y colaboradores (2018), Psychological Science, https://doi.org/10.1177/0956797618783714. No demuestra atracción romántica en casos particulares.






