En una serie, un personaje esboza una sonrisa incluso cuando está pasando por un momento difícil. Basta con verle la cara para pensar: «Que alguien le ayude». No tiene un rostro redondo ni unas facciones especialmente infantiles. ¿Por qué nos cuesta tanto dejar de preocuparnos por él?
Hay tres pistas: los rasgos faciales que sugieren corta edad, la expresión y la conducta en esa escena, y la información que aporta la historia sobre cómo están tratando a esa persona. A veces también entran en juego los recuerdos de quien mira. En lugar de buscar un único tipo de «rostro que despierta ganas de proteger», conviene distinguir qué nos ha conmovido. Así resulta más fácil entender por qué una misma expresión puede parecernos diferente.
El esquema infantil explica, ante todo, la respuesta a una apariencia de corta edad
El esquema infantil es un concepto que agrupa rasgos propios de una apariencia de corta edad: cabeza grande, cara redonda, ojos grandes, nariz y boca pequeñas. Se ha considerado que estos rasgos están relacionados con la impresión de ternura y con el deseo de cuidar.
En un experimento, Glocker y sus colaboradores modificaron fotografías de caras de bebés para acentuar o atenuar esos rasgos y pidieron a 122 estudiantes universitarios que las valoraran. Las fotografías con rasgos infantiles más marcados recibieron puntuaciones más altas tanto en ternura como en motivación para cuidar al bebé. Resumen del estudio
Lo que se estudió fueron las valoraciones de fotografías de bebés. El experimento no permite determinar la personalidad de un personaje adulto ni explicar por qué una escena concreta hace sufrir a un espectador. Aun así, ofrece una pista para pensar en cómo la apariencia puede conmovernos antes de que escuchemos las palabras o veamos las acciones de alguien.
Imaginemos, por ejemplo, una viñeta de manga en la que al mismo personaje se le dibujan los ojos un poco más grandes y la nariz y la boca más pequeñas. Podríamos interpretar ese recurso como una forma de destacar su aspecto infantil o adorable. Pero, si se añade una frase desafiante, la impresión también puede ser: «Es adorable, pero se puede contar con él». Parecer de corta edad y necesitar ayuda son dos informaciones distintas.
Una «sonrisa discreta» cambia de significado según la escena
Una misma sonrisa leve puede transmitir tranquilidad al recibir a un amigo. Justo después de una reprimenda, quizá parezca una manera de disimular la incomodidad. Si el personaje conoce las intenciones ocultas de la otra persona, esa sonrisa puede expresar aplomo o incluso resultar inquietante.
Por eso, no podemos aislar la boca y concluir que estamos ante «alguien que no ataca» o «alguien que nunca rechaza a los demás». Interpretamos la expresión junto con las palabras, la duración del silencio, la distancia entre las personas y lo que acaba de suceder.
Tal vez las ganas de proteger aumenten no por la sonrisa en sí, sino en el momento en que entendemos por qué el personaje sonríe. Por ejemplo, alguien que tendría motivos para pedir ayuda sonríe por consideración hacia quienes le rodean, mientras que solo el público conoce su problema. Entonces podemos sentir ganas de preocuparnos también por lo que las personas que aparecen en pantalla no han advertido.
Esta es una posible lectura de una escena, no un método para descubrir los verdaderos sentimientos de alguien a partir de su sonrisa. Las personas de expresión serena también tienen voluntad y límites propios. Es importante no trasladar directamente nuestras impresiones sobre una historia a la manera de tratar a las personas en la vida real.
Más que la anchura del rostro, importa quién puede elegir
A veces nos tienta decir: «Parece débil porque tiene las mejillas redondeadas» o «Parece fuerte porque tiene la mandíbula marcada». Pero, al empezar a clasificar así, es fácil confundir la impresión que nos produce un aspecto físico con la capacidad o el carácter de la persona.
Si queremos entender por qué un personaje parece necesitar ayuda, resulta más concreto observar quién tiene el poder de decidir en esa escena que fijarnos en las dimensiones de su rostro.
- ¿Está en una posición que le permite decir que no?
- ¿Puede elegir adónde ir o qué hacer a continuación?
- ¿Tiene cerca a alguien que conozca su situación o en quien pueda apoyarse?
- ¿Las personas de su entorno escuchan lo que desea?
Aunque se trate del mismo personaje y de la misma expresión, nos preocupamos de manera distinta cuando puede elegir por sí mismo una salida y cuando solo le queda esperar la respuesta de otra persona.
Si pensamos en Jamiin (ジャミーン), de VIVANT, también podemos ampliar nuestra mirada dejando de atribuirlo todo a sus facciones y observando su relación con los adultos que la rodean y las opciones que tiene en cada escena. Para consultar la información del personaje, está la página oficial de personajes de TBS, versión de 2023. Lo que se propone aquí es una perspectiva para interpretar la obra, no una clasificación oficial de Jamiin como «personaje que debe ser protegido».
En lugar de quedarnos en «pobre niña», podemos fijarnos también en lo que ella desea y en lo que hace. Dar ese paso después de sentir ganas de protegerla ayuda a no reducir al personaje a un mero símbolo de pasividad.
Al recordar a alguien, nuestra propia experiencia puede sumarse a la escena
La manera de sonreír de un personaje o las pausas que hace al hablar pueden recordarnos a alguien a quien conocimos bien. Si a eso se añade una situación difícil, quizá lo que sucede en la obra y nuestra propia experiencia empiecen a preocuparnos a la vez.
No hace falta afirmar que «la memoria corporal ha fallado». Basta con poner en palabras lo que sí alcanzamos a reconocer: «Esta manera de sonreír me recordó a alguien» o «En esta escena vi reflejada una separación que viví». Tanto los recuerdos como los sentimientos varían de una persona a otra.
En un estudio relacionado con esta cuestión, Kross y sus colaboradores compararon dos condiciones: en una, participantes que habían pasado por una ruptura no deseada miraban una fotografía de su expareja y recordaban la experiencia de rechazo; en la otra, se les aplicaba un estímulo térmico doloroso. Los investigadores observaron coincidencias en la actividad de algunas regiones cerebrales. Resumen del estudio
Sin embargo, no fue un experimento sobre la reacción al ver un personaje parecido a otra persona. Tampoco se puede diagnosticar una respuesta individual como una «reactivación del dolor de una ruptura» a partir de esas coincidencias en la actividad cerebral. Es mejor dejar la investigación como contexto y observar primero qué escena nos ha conmovido ahora. Así evitamos dar por sentado lo que sentimos basándonos en una explicación que suena convincente.
Quizá nos afecte más la segunda vez porque miramos otras cosas
La primera vez podemos estar pendientes de «quién es aliado de quién» o de «qué va a pasar después», y solo al volver a ver la obra reparar en las expresiones. Una posible explicación es que conocer la trama deja más espacio para fijarnos en la pausa antes de una respuesta o en una pequeña sonrisa en el borde de la pantalla.
Además, cuando ya sabemos qué le ocurrirá a un personaje, es más fácil encontrar otro sentido en escenas aparentemente triviales. Unas palabras que la primera vez eran solo un saludo pueden sonar dolorosas al volver a escucharlas. El rostro es el mismo, pero quien mira dispone de más información.
Esta es una hipótesis para pensar en lo que sentimos al volver a ver una obra, no un mecanismo que se haya confirmado para todo el mundo. También pueden haber cambiado nuestro estado de ánimo ese día o las experiencias vividas entre una ocasión y otra. En vez de buscar una contradicción en «antes no me afectaba», podemos preguntarnos qué nos ha llamado la atención esta vez.
Separar en tres partes el momento que nos conmovió
Si queremos ponerlo en pocas palabras después de ver la obra, podemos seguir este orden.
- Lo que vimos. «Sonrió un poco después de decir la frase». «Estaba esperando una respuesta».
- Lo que interpretamos. «Me pareció que seguía pendiente de los demás pese a estar pasando por un mal momento».
- Lo que nos pasó a nosotros. «Me recordó a alguien que conozco». «Quise que alguien le ayudara».
La primera parte se puede comprobar en la pantalla; la segunda es nuestra interpretación; la tercera, nuestra reacción. En lugar de resumirlo todo en «esa persona es débil», esta distinción nos permite ver de dónde surgió la impresión.
Si pensar en ello nos hace sentir cada vez peor, no es necesario seguir analizando. Podemos hacer una pausa, ver otra escena o dejar de mirar por hoy sin llegar al final. Esta forma de ordenar la experiencia es una ayuda para apreciar la obra, no un tratamiento que garantice aliviar el malestar.
Cuando queremos proteger a un personaje de sonrisa discreta, el aspecto infantil de su rostro puede ser el punto de partida. Pero lo que nos conmueve con más fuerza también incluye su expresión, su situación, lo que ya sabemos de la historia y nuestras propias experiencias. La próxima vez que pensemos «no puedo dejar de preocuparme por esta persona», antes de clasificar la forma de su cara, fijémonos en lo que ocurrió justo antes de esa sonrisa. Quizá lo que nos haya afectado no sea solo su rostro, sino la situación concreta en la que se encuentra.
