Algo me da pereza y se me escapa un “qué pereza” con la forma particular de decirlo de mi expareja. Hace tiempo que terminamos, pero la frase se instaló entre mis propios murmullos.
Lo que aparece no es un gran acontecimiento. Es su cara tranquila, casi inmóvil, que me recuerda a un capibara. También sonreía, claro. Mi memoria simplemente eligió esa cara serena como imagen de portada.
La relación terminó. La respuesta a las cosas pesadas, por lo visto, pasó a mi repertorio.
La frase viene con voz y cara
No estoy pensando en mi ex todo el tiempo. Cuando me agobio, sale un antiguo apodo o aquella expresión. Después parece que vuelven la voz, la cara y el ambiente de estar juntos.
No recuerdo solo unas palabras. Las oigo en su voz, veo aquella cara quieta y también la sonrisa. Una frase corta trae bastante compañía.
Cerebro: «Abriendo archivos relacionados».
Recuerdo con cara de capibara: «…Qué pereza».
Yo: «Qué pereza…».
La persona ya no está aquí, pero la frase sigue arrancando.
Se quedaron los momentos de siempre
Sentirse a gusto juntos no consistía únicamente en que alguien resolviera un problema. A veces bastaba con tener a la otra persona cerca, poder desahogarse y escuchar una voz conocida. Una queja tonta no acababa con la relación. También hubo esos momentos.
Lo que vuelve no es su currículum ni una gran historia. Es la voz, la sonrisa, una expresión y una forma de hablar. En este caso, aparece mucho aquella cara tranquila.
Normalmente, calma. Si algo hacía gracia, sonrisa. Si algo pesaba, la frase. Reducir a una persona a tres modos de capibara no parece justo, pero esos son los fragmentos que me devuelve la memoria.
Eso no decide por sí solo si todavía siento algo o quiero volver. Recordar a alguien y decidir qué quiero ahora son cuestiones distintas.
Relación: terminada. Cara: guardada. Frase: arrancando otra vez. El desinstalador se dejó un archivo.





