Te toca corregir una redacción y el alumno te entrega algo que parece sacado de una tumba vikinga. En Japón, en 2020, ocurrió algo parecido. El profesor podría haber pedido otra versión. En cambio, sacó el bolígrafo rojo y se puso a descifrar símbolos. Tardó unas tres horas y media.[1]
Una presentación disparatada y un texto muy serio
El estudiante utilizó signos rúnicos, un antiguo sistema de escritura europeo. No redactó en una lengua perdida: convirtió el japonés en letras latinas y cambió esas letras por símbolos.[1][2]
El truco se entiende rápido. Corregir toda una página así ya es otro asunto. Y cuando el profesor consiguió leerla, encontró una reflexión sincera sobre la importancia de la vida cotidiana durante la pandemia. La broma estaba en el envoltorio, no en el contenido.
El remate lo puso quien corregía
La respuesta del profesor venía a decir: «Has escrito cosas buenas, pero la próxima vez escribe normal». También se puso un sello de felicitación por su propio esfuerzo y bromeó con cobrar las horas extra.[1]
Ahí está lo mejor. No ignoró el juego del estudiante: aceptó el reto, leyó el trabajo y después dejó muy claro que no quería repetir aquella maratón.
No se trata de exigir tres horas y media de trabajo gratuito a cada docente. Se trata de una única escena en la que el alumno llevó su ocurrencia hasta el final y el profesor le contestó con otra ocurrencia mejor.
La hoja parecía un enigma histórico. La verdadera joya era la conversación entre los dos.





