Estaba mirando a la pareja durante la ceremonia. A mi lado, un familiar tarareaba, hablaba antes de que empezara la siguiente escena y pasaba del ruido a llorar de emoción. Al otro lado, un niño gritaba.
Los protagonistas estaban delante. Las voces protagonistas, a ambos lados. Por favor, ahora no me hables.
No responder no hizo desaparecer la molestia
Casi no contesté y seguí mirando. No discutimos y pude ver la ceremonia.
Pero cada interrupción me obligaba a decidir si responder. Si lo hacía, parecería otro invitado charlando durante la ceremonia. Además, algunas conversaciones no quería que las oyera todo el mundo.
Dejaba pasar las palabras y volvía a mirar a la pareja. El ruido ya cansa; este venía con botón de respuesta.
“Nadie más está escuchando” no lo solucionaba. Yo no quería conversar allí en ese momento.
Comentarios, música, avance y lágrimas
Surge una melodía: se canta. Va a pasar algo: se anuncia. Hay una opinión: se dice. Llega la emoción: se llora.
Comentarios en directo, banda sonora, tráiler y vídeo de reacción, todo en una silla.
El niño también distraía. Pero lo que puedo esperar de un niño y de un adulto que se pone a tararear o hablar no es exactamente lo mismo. Con el adulto pienso además: ¿esto no puede esperar?
La ceremonia me gustó. Por eso quería verla bien
Me alegré de haber ido y me emocioné. La comida, el ambiente, la pareja y los momentos familiares dejaron recuerdos. Miraba con suficiente atención para tener una preferencia de espectador: el novio besó a la novia en la mejilla, aunque yo habría preferido ver un beso en los labios.
Quería disfrutarlo en silencio. Hasta los sonidos de la nariz y los pañuelos cercanos empezaron a molestarme. Luego unos familiares hablaron de los gastos de transporte durante la ceremonia. ¿Ahora?
No hay nada malo en acordar ese dinero. Se podía hablar antes o después.
Emociónate, llora. Guarda la conversación para más tarde.
Vine a una boda, no a la versión del director con comentarios en directo desde el asiento vecino.




